La
leyenda de los candados.
Hace muchísimos años, vivían en
Bilbao unos seres extraordinarios, doce en total. Se las llamaba las
Magias. En apariencia eran mortales, tenían el aspecto de tales,
pero con una característica que las diferenciaba del resto de los
humanos: no morían nunca. Nacían, crecían y envejecían como todo
el mundo, pero cuando llegaban a una edad muy avanzada (unos cien
años, más o menos) volvían a rejuvenecer, y así por toda la
eternidad.
Había otra cosa que las hacía ser
diferentes de los mortales: no podían sumergirse en el agua, pues
eso era lo único que las podía matar. Se bañaban, se mojaban como
todo el mundo pero no podían permanecer bajo el agua ni un segundo,
pues ello las hacía fallecer.
Su existencia era feliz sobre esa
tierra con tanta magia, y en ella ayudaban a los habitantes de la
ciudad a ser felices. Cuando alguien tenía una gran pena, un
desespero, una situación insalvable, ellas aparecían para
resolverles lo que fuese que les impedía seguir viviendo sus vidas
con normalidad. Pero no las podían buscar, eran ellas quienes
decidían quién era merecedor de sus favores y quién no. Siempre
eran gente de buen corazón, personas que sabrían agradecerles sus
favores y que no eran capaces de hacer el mal a sus congéneres.
Llevaban varios cientos de años
habitando la ciudad cuando, un día, se enteraron de que había otro
ser especial en Bilbao. Pero este ser no era ni mucho menos de la
especie de ellas, era algo malvado que andaba destruyendo el trabajo
que ellas tan minuciosamente habían hecho durante esos siglos. Le
llamaron Negro, porque la primera vez que lo detectaron todo a su
alrededor se volvió de ese color.
Consultaron a sus superiores acerca de
cómo vencer a ese espíritu maléfico que se había adueñado de la
ciudad y que tanto mal estaba haciendo por doquier, pero nadie sabía
nada acerca de su existencia, y lo único que pudieron hacer fue
recomendarles prudencia.
A pesar de que tomaron todas las
precauciones que estaban en sus manos, un buen día una de las Magias
desapareció sin dejar rastro. Sus hermanas (pues todas ellas eran
hermanas de sangre) la buscaron por todas partes, en los rincones más
insospechados, dentro y fuera de la ciudad. Recorrieron localidades
aledañas para tratar de encontrarla, pues quizá había decidido
trasladarse a otro sitio para seguir haciendo el bien por su propia
cuanta. Pero ello era realmente imposible, pues siempre que había
pasado algo así lo habían hablado entre todas y siempre estaban de
acuerdo. No, a la jovencita (por aquel entonces no aparentaba más de
treinta años) no le había pasado nada bueno; estaban seguras.
Cuando ya estaban prácticamente
rendidas y muy entristecidas, una mañana amaneció completamente
negra, y cuando salieron a pasear oyeron en el cielo una estruendosa
risa y una voz que les repetía una y otra vez: “Os he encontrado,
os he vencido. Vuestros días tocan a su fin”. Se asustaron
muchísimo, pes en ese momento no había nadie a su alrededor. Y ese
mismo día hallaron el cuerpo de su hermana flotando en la ría.
Había muerto.
A partir de entonces extremaron más si
cabe las precauciones, nunca salían solas si no era estrictamente
necesario, pero todo ellos fue en vano. Acabaron por morir todas,
siempre el mismo día de mes.
Cuando finalmente el Negro hubo vencido
a la última, la mayor de todas, el cielo, que era el padre de las
Magias, se entristeció de tal manera que provocó una intensísima
lluvia que duró un mes entero, causando terribles daños a la
población ,que no se explicaba el motivo de tan incesante lluvia.
Solo había alguien que sabía todo lo
sucedido. Era la guardiana de las Magias, otro ser inmortal como
ellas que había bajado a la tierra para asegurarles el perpetuo
recuerdo. Para ello, colgó de uno de los puentes doce candados, uno
por cada una de las Magias muertas. Estos candados están ahí para
recordarles a todos los bilbaínos que hubo doce seres especiales que
existieron para hacerles felices.
Hoy en día, casi nadie recuerda la
presencia de esos seres. Pero siempre hay alguien, una persona más
sensible que las demás, que siempre que pasa por el puente las
recuerda y les dedica una breve oración.