martes, 7 de abril de 2015

La leyenda de los candados.

La leyenda de los candados.

Hace muchísimos años, vivían en Bilbao unos seres extraordinarios, doce en total. Se las llamaba las Magias. En apariencia eran mortales, tenían el aspecto de tales, pero con una característica que las diferenciaba del resto de los humanos: no morían nunca. Nacían, crecían y envejecían como todo el mundo, pero cuando llegaban a una edad muy avanzada (unos cien años, más o menos) volvían a rejuvenecer, y así por toda la eternidad.
Había otra cosa que las hacía ser diferentes de los mortales: no podían sumergirse en el agua, pues eso era lo único que las podía matar. Se bañaban, se mojaban como todo el mundo pero no podían permanecer bajo el agua ni un segundo, pues ello las hacía fallecer.
Su existencia era feliz sobre esa tierra con tanta magia, y en ella ayudaban a los habitantes de la ciudad a ser felices. Cuando alguien tenía una gran pena, un desespero, una situación insalvable, ellas aparecían para resolverles lo que fuese que les impedía seguir viviendo sus vidas con normalidad. Pero no las podían buscar, eran ellas quienes decidían quién era merecedor de sus favores y quién no. Siempre eran gente de buen corazón, personas que sabrían agradecerles sus favores y que no eran capaces de hacer el mal a sus congéneres.
Llevaban varios cientos de años habitando la ciudad cuando, un día, se enteraron de que había otro ser especial en Bilbao. Pero este ser no era ni mucho menos de la especie de ellas, era algo malvado que andaba destruyendo el trabajo que ellas tan minuciosamente habían hecho durante esos siglos. Le llamaron Negro, porque la primera vez que lo detectaron todo a su alrededor se volvió de ese color.
Consultaron a sus superiores acerca de cómo vencer a ese espíritu maléfico que se había adueñado de la ciudad y que tanto mal estaba haciendo por doquier, pero nadie sabía nada acerca de su existencia, y lo único que pudieron hacer fue recomendarles prudencia.
A pesar de que tomaron todas las precauciones que estaban en sus manos, un buen día una de las Magias desapareció sin dejar rastro. Sus hermanas (pues todas ellas eran hermanas de sangre) la buscaron por todas partes, en los rincones más insospechados, dentro y fuera de la ciudad. Recorrieron localidades aledañas para tratar de encontrarla, pues quizá había decidido trasladarse a otro sitio para seguir haciendo el bien por su propia cuanta. Pero ello era realmente imposible, pues siempre que había pasado algo así lo habían hablado entre todas y siempre estaban de acuerdo. No, a la jovencita (por aquel entonces no aparentaba más de treinta años) no le había pasado nada bueno; estaban seguras.
Cuando ya estaban prácticamente rendidas y muy entristecidas, una mañana amaneció completamente negra, y cuando salieron a pasear oyeron en el cielo una estruendosa risa y una voz que les repetía una y otra vez: “Os he encontrado, os he vencido. Vuestros días tocan a su fin”. Se asustaron muchísimo, pes en ese momento no había nadie a su alrededor. Y ese mismo día hallaron el cuerpo de su hermana flotando en la ría. Había muerto.
A partir de entonces extremaron más si cabe las precauciones, nunca salían solas si no era estrictamente necesario, pero todo ellos fue en vano. Acabaron por morir todas, siempre el mismo día de mes.
Cuando finalmente el Negro hubo vencido a la última, la mayor de todas, el cielo, que era el padre de las Magias, se entristeció de tal manera que provocó una intensísima lluvia que duró un mes entero, causando terribles daños a la población ,que no se explicaba el motivo de tan incesante lluvia.
Solo había alguien que sabía todo lo sucedido. Era la guardiana de las Magias, otro ser inmortal como ellas que había bajado a la tierra para asegurarles el perpetuo recuerdo. Para ello, colgó de uno de los puentes doce candados, uno por cada una de las Magias muertas. Estos candados están ahí para recordarles a todos los bilbaínos que hubo doce seres especiales que existieron para hacerles felices.

Hoy en día, casi nadie recuerda la presencia de esos seres. Pero siempre hay alguien, una persona más sensible que las demás, que siempre que pasa por el puente las recuerda y les dedica una breve oración.